John Stuart Mill, "Sobre la Libertad" y el Derecho Penal

Escrito por LeonardoGuevara 03-03-2018 en Filosofia del Derecho. Comentarios (1)

REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

UNIVERSIDAD BICENTENARIA DE ARAGUA

FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLITICAS

ESCUELA DE DERECHO


JOHN STUART MILL: SOBRE LA LIBERTAD Y DERECHO PENAL


Alumno: Leonardo Javier Guevara Gutiérrez

C.I.Nro. V-12.144.799



Facilitador:

Dr. Benny Márquez


Turmero, Marzo 2018




INTRODUCCIÓN


El ensayo “Sobre la Libertad”,escrito por John Stuart Mill, comprende un logro significativo en materia de Derechos Civiles, Derecho Penal, por estar enmarcado su desarrollo dentro de las normas morales de una sociedad inglesa, con prejuicios morales que etiquetaban la conducta contraria al orden establecido por sus jerarcas, que perfectamente reflejado por Mill, supo plasmar una realidad que permitió el surgimiento de
conceptos de Libertad, autonomía individual y como debía ser la influencia del estado sobre el individuo.

Para conocer algunos aspectos básicos sobre la vida y obra de John Stuart Mill, estaremos estudiando principalmente acerca de su obra “Sobre la Libertad”, el enunciado del Principio del Daño, y la definición que se contempla en la misma.



Resumen

John Stuart Mill fue un hombre formado para crear a través del conocimiento una transformación de la sociedad, entre sus contribuciones que abarcan varias áreas de la economía, filosofía y derecho, se destacan sus principales ideas sobre: El positivismo y empirismo, libertad de expresión, democracia con respeto a las minorías, feminismo y principalmente al utilitarismo, que trata del actuar con el fin de conseguir la
mayor felicidad para el mayor número de personas posible. No menos importante su influencia en El derecho penal liberal surgió como una protección de las personas contra las acciones de otros individuos. Se trata del principio del daño. La definición dada por John Stuart Mill en "Sobre la libertad" es la precursora inmediata de la filosofía del derecho penal liberal.

Palabras clave

Derecho penal, utilitarismo, y principio del daño.

Abstract

John Stuart Mill was a man trained to create through knowledge a transformation of society, among his contributions that cover several areas of economics, philosophy and law, his main ideas stand out on: Positivism and empiricism, freedom of expression, democracy with respect to
minorities, feminism and mainly utilitarianism, which tries to act in order to achieve the greatest happiness for as many people as possible. No less important its influence in the liberal criminal law emerged as a protection of people against the actions of other individuals. It is the principle of harm. The definition given by John Stuart Mill in "On Liberty" is the immediate precursor of the philosophy of liberal criminal law.

Key words

Criminal law, utilitarianism, and the principle of harm.



Vida de John Stuart Mill


Nació en Londres,  un 20 de mayo del año 1806, siendo sus padres James Mill y Harriet Burrow, su padre fue filósofo, historiador y economista, del cual recibió una estricta educación basada en el utilitarismo, que comprendía lecturas de grandes filósofos a muy temprana edad, lo que aparto al niño Mill, de los juegos e interacción con los demás niños, por ser el hijo mayor se le encomendó la enseñanza de sus
hermanos, sin despertar sentimiento alguno como persona, fue descubriendo que sus conocimientos le apartaban de un vida común, y que se estaría perfilando su fin en la vida, como un reformador del mundo.

Es importante resaltar, la amistad de Ricardo y Jeremy Bentham con la familia Mill, y sus doctrinas económicas y éticas, respectivamente, fueron fuente de inspiración tanto para padre como para hijo. Sin embargo, Bentham ocupó un lugar preferencial en la vida de John Stuart Mill y se convirtió en el referente de su formación filosófica, al punto que sería él quien más adelante se encargaría de dar profusión a las ideas del padre del Utilitarismo, y consolidar dicha teoría dentro de la filosofía

Al contar con la edad de veinte años , comenzó a cuestionar su estricta educación, y decidió rebelarse contra ella, principalmente contra el utilitarismo (aunque sin romper con él) y se abrió a nuevas corrientes intelectuales, como el positivismo de Comte, al pensamiento romántico y al socialismo. Siendo un filósofo, político y economista, además de abogado, economista y escritor, trabajó en 1823 para la Compañía Británica de las Indias Orientales y fue al mismo tiempo miembro del Parlamento por el partido Liberal.


En 1851 contrajo matrimonio con Harriet Taylor, quien tuvo una importante influencia sobre su trabajo e ideas, tanto durante su amistad como
durante su matrimonio. Inspiro a Mill con escritos posteriores y a la defensa de los derechos de las mujeres, lamentablemente su amiga entrañable y esposa falleció siete años después de las nupcias, mujer a la que dedica su obra Sobre la Libertad (On liberty), publicada en 1859, un año después de su muerte.

A pesar de los conocimientos adquiridos por Mill, tras años de formación estricta nunca se inclinó por ser profesor universitario, cultivó casi todas las ramas de la filosofía, desde la lógica hasta la teoría política pasando por la ética. En lógica, psicología y teoría del conocimiento
Mill era empirista y positivista. Consideraba que el conocimiento humano tenía su origen y su límite en la experiencia observable. Sin
embargo fue reconocido como el gran exponente del Utilitarismo, después de Jeremy Bentham.


Mill pregonaba que todo conocimiento parte de las impresiones sensibles de los sujetos y los conceptos más abstractos se forman a partir de las «asociaciones» de impresiones realizadas por la mente. Este es el llamado asociacionismo psíquico.

John Mill muere en Aviñón, Francia, el 8 de mayo del año  1873, dejando entre su legado obras tan importantes como Pensamientos sobre la reforma parlamentaria (1861), El utilitarismo (1863), La esclavitud de las mujeres (1869), Autobiografía (1873) y Tres ensayos sobre la Religión (1874).



Obra y pensamiento


Como objetivo principal en el estudio de la vida de John Mill, nos centraremos en su obra Sobre la libertad, que no es más que un breve ensayo divido en cuatro capítulos, el cual se dirige a la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la
sociedad sobre el individuo. Uno de los argumentos que mantenía Mill es el “principio del daño” o “principio del perjuicio”. Este mantiene “que cada individuo tiene el derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros”.

También, expone de manera magistral la concepción que Mill confiere al término libertad, desde una óptica social o civil, cobijada por un principio básico de conducta: el principio de utilidad o de mayor felicidad. El principio de mayor felicidad refiere a que
las acciones “son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, y son incorrectas si tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer”.

Para alcanzar esa libertad es indispensable el desarrollo de la autonomía, la cual es capaz de dotar al hombre de la habilidad de discernir y hacer sus propias elecciones. La autonomía y la independencia le permiten ejercer conciencia sobre sus acciones, motivadas para obtener placer, dando cuenta de hasta dónde llegar para no afectar al otro.

En la doctrina de Mill, la libertad como componente de la felicidad debe integrar las siguientes libertades, las cuales se corresponden con la denominación que da a los capítulos de su obra:

El primer capítulo denominado De la libertad de pensamiento y discusión es un llamado a la expresión de nuestros propios pensamientos, incluso si estos son considerados inmorales, acompañado de la facultad de defender nuestra postura frente a otros, sin afectar a sus intereses. Defender la expresión de ideas, a través del ejercicio de la libertad de pensamiento y discusión, nos da así mismo la libertad para buscar nuestro propio bien sin hacer mal a nadie. 

El segundo capítulo, De la individualidad como uno de los elementos del bienestar, hace referencia a esta cualidad esencial para el libre desarrollo de la personalidad. Individualidad y autonomía están íntimamente relacionadas con la responsabilidad de la búsqueda de la propia felicidad, ya que esta se basa en la toma de decisiones, sin alterar la búsqueda de la felicidad de un tercero. 

De los límites de la autoridad de la sociedad frente al individuo es el tercer capítulo del ensayo de Mill, y representa un punto de inflexión en su teoría, en la medida en que expone la única razón legítima por la cual la sociedad puede imponer límites a un hombre: perjudicar los derechos de otros. Una sociedad de personas libres se concibe únicamente cuando las libertades de cada uno son respetadas y garantizadas, por lo que Mill acepta una restricción de la libertad si una acción causa daño a otro. 

El cuarto y último llamado Aplicaciones hace referencia a la libertad de comercio, según la cual debe ser posible llegar a acuerdos libres, bajo el principio del propio interés, tanto del que compra como del que vende.

Pero el liberalismo en grande, aquel propio de la tradición anglosajona, y progresista en sus postulados, hace una gran reaparición con la obra del filósofo John Stuart Mill. La defensa de la libertad vendrá en este caso acompañada de una ética y sustentada por ella.

Si la realización de la acción solo abarca la propia persona, esto es, si solo afecta directamente al individuo ejecutor; la sociedad no tiene derecho alguno a intervenir, incluso si cree que el ejecutor se está perjudicando a sí mismo. Sostiene, sin embargo, que los individuos no tienen derecho a llevar a cabo acciones que puedan causar daños perdurables y graves sobre su persona o propiedades según postula el Principio del Daño. En tanto que nadie existe en absoluto ostracismo, el daño que recibe uno mismo también perjudica a otros y
el destruir propiedades afecta a la comunidad tanto como a uno mismo.

Mill excluye a aquellos que son “incapaces de autogobierno”de tal principio, tales como niños en edad temprana o aquellos que viven en “estadossocialmente atrasados”


Su obra “Sobre la Libertad” y la influencia en el Derecho Penal

Para Mill, la libertad es un componente necesario de la felicidad y entiende así la primera, como la facultad que tiene el individuo de actuar sobre todo aquello que no afecte ni perjudique a los demás. La sociedad puede juzgar a una persona cuando su conducta es perjudicial a los intereses de otra, pero nadie tiene por qué dar cuenta de las acciones que no menoscaban el bienestar de los demás. De este modo, Mill deja claro cómo su obra no se refiere propiamente al concepto metafísico de la libertad entendida como el libre albedrío, sino a la libertad social, entendida como la no intervención del Estado en los asuntos que atañen propiamente al individuo.

Por lo que, Mill expone de manera magistral la concepción que confiere al término libertad, desde una óptica social o civil, cobijada por un principio básico de conducta: el principio de utilidad o de mayor felicidad. El principio de mayor felicidad refiere a que las acciones “son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, y son incorrectas si tienden a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer”.

Es importante resaltar, el objetivo del filósofo y economista inglés John Stuart Mill, que es explícitamente el de establecer la naturaleza y los límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo. Para lo cual enuncio El principio del daño, a
saber: el único propósito por el cual el poder puede correctamente ser ejercitado sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, contra su voluntad, es para prevenir que se dañe a otros. Y así, excluía la posibilidad de que la fuerza se ejerciera para asegurar el bien, ya sea físico o moral de los propios agentes cuando estos se provocaran daños a sí mismos, o cuando consintieran que se les produjeran.

El principio del daño presupone el resguardo de la autonomía de la voluntad. Las personas, no pueden ser correctamente compelidas a hacer o soportar decisiones del poder con el argumento de que será mejor para ellos hacer algo o comportarse de determinada manera, porque en la opinión de otros sería inteligente o correcto. Esta doctrina es aplicable a las personas cuando han entrado en la etapa de la madurez de sus facultades mentales: no se puede aplicar a los niños; los incapaces; e incluso en el caso de sociedades con poco desarrollo.

Ese principio establece que el único fin por el cual la humanidad tiene fundamento, individual o colectivamente, para interferir con la libertad de acción de cualquiera de sus miembros, es la auto-protección. El único propósito por el cual se puede ejercer correctamente poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada, en contra de su voluntad, es la evitación de daños para otros. Su propio bien, sea físico o moral, no es un fundamento suficiente.

La interpretación más estrecha del principio es la que le atribuye un alcance según el cual el principio veda la criminalización de toda acción que no sea ella misma efectivamente dañosa. La interpretación de Mill, es muy amplia: ella postula que el principio limita la clase de consideraciones sobre la base de las cuales puede criminalizarse una clase de acción. Entonces el objetivo de prevenir daños para personas distintas del autor puede justificar la criminalización de una clase de conducta.

El principio del daño es la tesis que adopta el liberalismo penal. Frente a esta tesis aparecen quienes sostienen que la teoría del daño limita la posibilidad de la represión penal, ya que no incluye aquellas acciones que constituyen una ofensa a la comunidad qua comunidad. El  moralismo legal, título con el que se podría bautizar a este tipo de postura, tiene diferentes cultores. Pero no todos coinciden sobre que conductas son propiamente inmorales y cuáles de ellas deben ser penalizadas. En cambio, casi todos coinciden en algo, en la existencia de la objetividad de la moral. El caso del profesor Dworkin es peculiar. Este entiende que el principio del daño no es suficiente a fin de
establecer las conductas punibles, es preciso determinar además su inmoralidad. El caso es que el derecho penal no puede extraer las conductas punibles basadas en la moral pública. Este es el error en el cual incurre Devlin. Un grupo o una mayoría dentro de la sociedad puede sustentar ciertas creencias morales, en muchas ocasiones, ellas se fundan en el prejuicio o la irracionalidad, no parece sensato llamar a estas creencias con el nombre de convicciones morales o mantener que ellas constituyen una posición moral.


Para Stuart Mill, los hombres en las naciones habían pasado de buscar limitar el poder de sus gobernantes a convertirlos en defensores y delegados de la voluntad de la nación; sin embargo, esto no implicaba un olvido total del límite que se le había de exigir tanto a los gobiernos (incluida la llamada “tiranía de la mayoría”) como a la sociedad entera respecto a los individuos. Mill establece que existen ciertos derechos
humanos inalienables y uno de ellos es la libertad; nadie tiene derecho a turbar la libertad de acción del hombre, salvo en casos especiales de defensa propia o para impedir que un miembro de la comunidad dañe a otros.

El hombre es independiente y soberano sobre su cuerpo y su espíritu (excepto los menores de edad y la gente que padece sus facultades mentales). Sólo se le puede obligar a actuar cuando es en beneficio de los demás y en caso de no cumplir podrá ser castigado. Es responsable, ante los individuos y ante la sociedad, si hace el mal; pero también lo es si pudiendo evitarlo, no lo hace.

Enuncia las principales libertades del hombre que, al no implicar a terceros, no le conciernen a la sociedad sino solamente al individuo. Estas libertades son: de conciencia, de pensar y sentir, de opiniones y sentimientos, de expresar y publicar opiniones, de gustos e inclinaciones, de organizar la propia vida, de hacer lo que plazca (aceptando las consecuencias) y de asociación con cualquier fin (mientras no sea con
engaño y sean mayores de edad los asociados). Una sociedad no será realmente libre si estas libertades no son respetadas en forma absoluta. Stuart Mill hace aquí una de las observaciones más importantes sobre el mundo: existe en él una tendencia a aumentar la fuerza de la sociedad y reducir la del individuo.

También enuncia cuatro motivos principales por los cuales se debe defender la libertad de expresión: 1) Condenar al silencio una opinión que puede ser verdadera, supondría considerarnos infalibles y poseedores de la certeza absoluta, lo cual no es posible. 2) Una opinión
equivocada puede contener algo de verdad, la cual sólo puede ser conocida totalmente por el contraste. 3) Una opinión verdadera que se sigue discutiendo no se convierte en prejuicio sino que se mantiene vigorosa y se comprenden sus fundamentos. 4) Al dejar de discutir una opinión se puede perder su sentido profundo y su efecto vital sobre el carácter.

Defiende la libertad de opinión y de pensamiento. Ni el pueblo por sí mismo ni su gobierno tienen derecho a coaccionar la opinión, sea ésta falsa o verdadera; el único deber del gobierno es formar formas de pensar que se ajusten a la verdad. Mill considera que las penas legales que restringen la libertad de expresión han disminuido, pero en cambio han dado lugar a estigmas sociales, los cuales resultan igualmente útiles y no son sino retazos y restos de las persecuciones, principalmente religiosas que atravesó Europa.

Posteriormente, Mill se refiere a la importancia de la individualidad. La libertad del individuo sólo puede ser limitada en los casos en los que afecte a sus semejantes y la individualidad debe afirmarse en todos los asuntos que no atañen a los demás. La personalidad y la diversidad de
caracteres debe ser desarrollados ya que vuelve más valiosa y plena la vida, tanto individual como colectivamente. Mill considera como una tendencia general en el mundo el hacer de la mediocridad la potencia dominante entre las personas. Sugiere un menosprecio a las costumbres tradicionales al considerar que su aceptación ciega implica un abandono de ciertas facultades como el juicio o el discernimiento y propone que partir de ese rechazo se creen mejores modos de obrar y costumbres más dignas. Esto a pesar de que la orientación de la opinión pública se dirige hacia la intolerancia de toda forma de individualidad.


Para Mill, no existe un contrato social y tampoco las llamadas obligaciones sociales que se desprenden de él; sin embargo, lo que sí existe es una protección que brinda la sociedad al individuo y éste tiene que responder a ella de dos formas: 1) No perjudicando los intereses y derechos
del prójimo. 2) Tomando pararte en los trabajos y sacrificios para defender a la sociedad y sus miembros. La sociedad tiene el derecho de imponer estas obligaciones así como de castigar cuando no se cumplen; incluso a veces puede censurar y castigar con la opinión, pero su poder no debe ir más allá en lo que no le incumbe. Puede y debe sugerir cosas para el actuar y la educación de sus miembros con el fin de evitar futuros problemas, pero debe darle preeminencia a la libertad individual y la responsabilidad que ella misma tiene sobre sus actos. Uno de los mayores peligros de la intervención pública en la conducta personal es que lo hace sin medida y fuera de contexto. Y este tipo de
intervención, para Mill, se ha convertido en una tendencia universal.

Retomando de nuevo las dos máximas principales de su ensayo: El primero: la persona no tiene derecho a rendir cuentas a nadie mientras no afecte los intereses del otro; el segundo: el consejo, la instrucción, la persuasión y el aislamiento social son los únicos medios legítimos que tiene  la sociedad sobre el actuar individual. El gobierno debe evitar el crimen antes de que se cometa y sólo en casos excepcionales podrá ejercer un uso legítimo de la violencia para evitar un mal no deseado. Pero sus atribuciones serán tan pocas que ni siquiera deberá imponer restricciones en el comercio, dejando este campo al libre intercambio. De la misma forma el Estado tendrá la menor participación posible
dentro de la industria, dejándosela a particulares. Cuando sea necesario, impondrá impuestos como medio de restricción al consumo y los efectos de ciertos artículos, pero habrá de tomar en cuenta cuáles son los artículos más prescindibles en una sociedad. 

En cuestión de educación, Mill hace algunas observaciones importantes. Considera que el gobierno debe agotar las posibilidades de educar a las clases obreras y gobernarlas como si fuesen clases libres. Pero deberá exigir e imponer cierta educación a la totalidad de sus ciudadanos, limitándose a ayudar económicamente a quienes no dispongan de los medios necesarios para dar esa educación a sus hijos. Esta educación la podrán recibir donde y con quienes les plazca, pues el Estado no deberá tener el control de ella ni el poder de impartirla. Cualquier esfuerzo del Estado por influir en la educación y el pensar de sus ciudadanos es particularmente nocivo.

Finalmente, recalca que ni siquiera en esos ámbitos en los que el Estado puede intervenir sin violar la libertad de los individuos es deseable su participación. Argumenta las siguientes razones: 1) Hay cosas que el individuo puede hacer mejor. 2) Es preferible que, aunque el gobierno
puede ser más eficaz, las cosas las hagan los individuos, ya que incrementa su independencia, experiencia y conocimiento. 3) Es peligroso incrementar innecesariamente el poder del gobierno. Las burocracias adquieren tantas facultades que todo queda en sus manos. La verdadera obligación del Estado es estimular la actividad de sus ciudadanos y no hacer todo por ellas, pues a final de cuentas, como dice Stuart Mill: “El valor de un Estado, a la larga, es el valor  de los individuos que lo constituyen”

Un problema relevante es cómo en el mundo anglosajón se trata el tema de las omisiones. En ella se reflejan rasgos fuertemente libertarios. El derecho criminal no puede imponer el deber de ayuda. No importa cuán grande es el peligro que corre la víctima, no importa cuán fácil y segura sea la ayuda requerida para remover el peligro. En ausencia de ciertas condiciones que se señalarán, no existe, por ejemplo, la necesidad de salvar a diez niños si se están ahogando, aun cuando ello llevara un pequeño esfuerzo o no hubiera riesgo en hacerlo, ni se tuviera justificación para no hacerlo. Los libertarios, podrían estar tentados a decir que no es el caso que quien no rescata no merezca ser sancionado, lo que sostienen es que los otros, frente a uno, están constreñidos por límites deontológicos para imponer castigos en tales
circunstancias.

El derecho criminal solo reconoce un deber de ayuda en tres tipos de circunstancias. Primero, cuando uno ha ocasionado el peligro de la víctima, aunque sin culpabilidad. Segundo, cuando uno se ha comprometido a ello. Tercero, cuando uno tiene un estatus especial con la víctima, padre, esposo, entre otros.

El análisis de estas situaciones produce diferentes dificultades que no se analizaran aquí. Pero una cuestión importante en la responsabilidad de las omisiones es aquella que se vincula con el deber de ayuda. Si se trata de un rescate de alguien en peligro, ¿hasta dónde alcanza? El deber es limitado, pues nadie está obligado a rescatar a alguien en peligro si no es seguro y fácil hacerlo. Pero que ocurre, cuando uno ha causado el peligro de la víctima, ¿debe enfrentar un riesgo mayor que ponga en juego su propia salud o vida? ¿Cuál es la obligación de rescate cuando no hubo una causalidad física que provocó el peligro?

Una cuestión final para esto: aun cuando el derecho imponga el deber de rescate, este deber está limitado para los casos en los cuales resulte ser fácil y seguro. Esto alcanza para los casos en el que se haya ocasionado el peligro sin culpabilidad o cuando se haya comprometido al rescate. Nadie puede estar obligado a desplegar un gran esfuerzo o riesgo, o enfrentar graves peligros de vida o salud, aun cuando el peligro de la víctima sea mucho mayor que el del obligado a rescatar.

De nuevo en el análisis sobre el principio de daño puede hacerse tomando como punto de partida diversas perspectivas. En este momento me interesa centrar la discusión en una de ellas: la posibilidad de imponer límites a la libertad para proteger al individuo frente a ciertos riesgos objetivos. Por ejemplo, si sabemos científicamente que fumar cigarrillos es perjudicial para la salud, ¿podemos imponerle a una persona, por la vía que sea, la prohibición de fumar? En otras palabras: ¿cuándo y de qué manera se justifican las medidas de protección al individuo incluso sobre conductas que solamente lo perjudican a él?


Esta perspectiva nos conduce a la discusión sobre el llamado "paternalismo", sea jurídico o sea moral. Antes de pasar a ese tema es
conveniente apuntar al menos una de las críticas que se le hacen al principio de daño tal como lo entiende Mill. La noción de "daño", se dice, es un concepto que no se puede definir a priori, sino que requiere de una fundamentación o justificación: ¿cuándo y por qué entendemos
que cierta conducta causa un daño?

Otra observación crítica que se le hace al principio de daño es que se centra solamente en el valor de la individualidad (o de la autonomía), cuando pueden existir otros valores socialmente e individualmente relevantes que justifiquen una limitación de aquella. Por ejemplo la felicidad individual o colectiva, la protección de la fe religiosa, etcétera. La respuesta a estos argumentos es relativamente sencilla, aunque quizá un tanto autorreferente: la protección de la individualidad y de la autonomía viene antes sencillamente porque sin ellas no es posible aspirar a construir, desde la libertad y con justicia, ningún otro tipo de valores. Sin autonomía personal no puede existir una verdadera profesión de la fe, ni hay mucho margen para encontrar la felicidad, la cual no puede ser impuesta por terceros, sino perseguida tenaz e indefectiblemente por
cada persona en lo individual, a partir de existencias y experiencias únicas e irrepetibles.

La autonomía, en otras palabras, no pasa desapercibida para Mill, aunque no la alcanza a construir con tanta contundencia como lo hicieron otros autores después de él. Hay, pese a todo, algunas frases en Sobre la libertad que nos pudieran hacer pensar en una visión de Mill inclinada no solamente hacia la libertad negativa, sino también hacia la libertad positiva o hacia la autonomía personal. Por ejemplo cuando
escribe que la libertad humana "comprende, primero, el dominio interno de la conciencia; exigiendo la libertad de conciencia en el más comprensivo de sus sentidos; la libertad de pensar y sentir; la más absoluta libertad de pensamiento y de sentimiento sobre todas las materias, prácticas o especulativas, científicas, morales o teológicas". Algunas modalidades de la libertad así entendida suponen no solamente ausencia de impedimentos, sino ejercicio de la voluntad para definir prioridades, objetivos, valores, etcétera.


Todavía queda más clara la presencia de un asomo de libertad positiva en la siguiente frase de Mill:

“La libertad humana exige libertad en nuestros gustos y en la determinación de nuestros propios fines; libertad para trazar el plan de nuestra vida según nuestro propio carácter para obrar como queramos, sujetos a las consecuencias de nuestros actos, sin que nos lo impidan nuestros semejantes en tanto no les perjudiquemos, aun cuando ellos puedan pensar que nuestra conducta es loca, perversa o equivocada”.


CONCLUSIONES

El importante lugar que ocupa el principio de daño en la construcción teórica de Mill sobre la libertad nos podría hacer pensar que el autor defiende una posición puramente negativa de la libertad, entendiendo que dicha posición abarca la protección de una esfera impenetrable por los poderes públicos y por los particulares, dentro de la cual podríamos actuar como consideremos oportuno.

La fundamentación o justificación del daño debe partir de concepciones morales, por lo que se corre el riesgo de devolver la pelota al campo de la moral social predominante, que es precisamente de lo que quería escapar Mill. En principio podríamos salvar en parte este problema aceptando que el daño debe ser un daño "jurídicamente" determinado, lo que excluye la posibilidad de entender como causante de daño a conductas contrarias simplemente a convicciones morales o religiosas (el concepto de delito excluye a la calificación como tales de los
pecados, por mencionar un ejemplo).


REFERENCIAS

https://es.wikipedia.org/wiki/Sobre_la_libertad

https://www.ambitojuridico.com/administrativo-y-contratacion/sobre-la-libertad-de-john-stuart-mill

https://elcenicerodeideas.com/2017/01/16/sobre-la-libertad-1859-por-john-stuart-mill/